Lecciones que aprendí sobre la maternidad

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Antes de convertirme en madre, no me consideraba una persona egoísta. De hecho, me consideraba a mí misma como una persona amable, compasiva, y considerada. Y tal vez sí lo era, sin embargo, he aprendido que la persona que yo era sabía poco en cuanto actuar abnegadamente. Desde el primer momento que pusieron a mi niña en mis brazos, todos mis pensamientos y acciones fueran enfocados hacia su bienestar y que sería lo mejor para ella. Casi en un instante mi propia voluntad parecía ser menos importante, mi vida se enfocó en esta bendición que por fin yo tenía. Todo cambió el momento que mi hija nació, sin embargo, eso no quería decir que YO cambié en un instante. Creo que podemos tener “momentos” de cambio instantáneos (tal como dar a luz a un hijo), pero también creo que muchos de los cambios que obtenemos suceden mediante un proceso. Todavía estoy aprendiendo cómo ser una madre, de hecho, estaré aprendiendo por el resto de mi vida.

Antes de tener a mi hija, tenía una imagen de cómo sería ser una madre, la cual había edificado durante el transcurso de mi vida. Después de la oleada inicial de alegría de la llegada de mi bebé, me di cuenta de que esas expectativas no coincidían con la realidad. Aunque amaba a mi hija con todo mi corazón, comencé a tener un sentimiento profundo y oscuro dentro de mí que me decía que había perdido una parte de mí misma, y que había perdido mi libertad. Me sentí atrapada, ignorante, confundida y perdida. Todos estos sentimientos llenaron mi mente de tanta culpa. Comencé a detestar la monotonía de la maternidad, las rutinas, los horarios de lactancia, el cambio de pañales, el ciclo interminable de hacer las mismas cosas una y otra vez. Me sentí exhausta y agotada. Recién había empezado con esta nueva faceta y ya quería renunciar. La cuestión de ser madre es que no tienes realmente la opción de renunciar o abandonar, solo tienes que seguir hacia adelante.

Nunca me había sentido así en mi vida, solo quería huir y dejar todas mis responsabilidades atrás de mí. Durante este tiempo esto me hizo sentir culpable, sin embargo, ahora sé que era solo parte de un proceso de aprendizaje. La parte feliz de esta historia es que esos sentimientos no se mantuvieron. Llegué a un punto de reflexión en el que me di cuenta de que mi hija merecía una madre que no la estuviera criando a medias y que no simplemente hiciera de esto una labor cotidiana. Se merecía una madre que la amara incondicionalmente y la cuidaría con todas sus fuerzas, sin importar lo imperfecta que fuera. Poco a poco comencé a salir de la oscura trinchera en la que me había estado hundiendo. Comencé a BUSCAR los momentos de alegría entre la monotonía.

Me percaté que esos momentos de alegría habían estado allí todo el tiempo, pero yo estaba tan atrapada pensando en lo que había “perdido” que olvidé ver lo que había GANADO.

Realmente yo había ganado el amor incondicional de una dulce niña, ella me necesitaba y dependía de mí para todo, solo que me tomo un tiempo darme cuenta de cuánto la necesitaba yo a ella. No importa en qué circunstancia de su vida o las dificultades en las que se encuentre actualmente, la felicidad y la alegría que siente ahora depende de lo que elige ver en esos momentos. Siempre hay algo por lo que podemos estar agradecidos y felices. No necesitamos esperar a que todo sea “perfecto” para ser felices.

Empecé a aferrarme a cada momento precioso con mi hija, decidí que captaría el momento y lo absorbería. Todas las risas, sonrisas y abrazos. Incluso comencé a apreciar las cosas mundanas al convertirlas en algo más divertido. Como cantar canciones al alimentarla o hacer caritas chistosas y tener conversaciones con ella mientras le cambiaba el pañal. Las rutinas cotidianas que se hacen presentes al tener un hijo ya no parecían cargas que me alejara de cosas que parecían más emocionantes. Por el contrario, me sentí agradecida por cada momento que pasé con ella. Hay algo bueno en casi todo, aunque puede ser difícil de verlo al principio, pero, con el tiempo, es posible encontrar dicha en la forma más simple. Me trae de recuerdo la canción, “A Spoonful of Sugar” en la película infantil, “Mary Poppins”. El primer verso dice:

En cada trabajo que debe hacerse

Hay un elemento de diversión

¡Encuentra la diversión y… Guau!

¡El trabajo es un juego!

Del mismo modo, si nos encontramos en una circunstancia difícil, podemos cambiar la forma en que abordamos o sentimos al respecto de ello buscando lo bueno, divertido y feliz.

Ahora ni siquiera podría imaginar mi vida sin su dulce sonrisa, su personalidad tan agraciada o sus increíbles movimientos de baile. Ella ha mejorado mi vida de muchas maneras y ha traído una nueva luz y alegría a mi vida que nunca pude haber imaginado antes de tenerla. Ella es mi amiguita, mi sombra, mi sol en un día nublado, y soy tan afortunada de que ella sea mía.

La maternidad no es fácil. La maternidad es desordenada, emocional, complicada, una lucha cotidiana, pero también es hermosa, mágica, dulce, alegre y es más increíble de lo que puedo expresar. Todos los días no es perfecto, algunos días son mejores que otros. A veces lloro por el amor que le tengo a mi hija y otros días lloro por razones completamente diferentes. Siento que mi hija me está refinando y convirtiéndome en una persona mejor y menos egoísta; ¡y YO pensé que sería yo quien le enseñaría! La verdad es que la maternidad cambia cada aspecto de nuestras vidas, en el momento en que te conviertes en madre, tu vida nunca volverá a ser la misma. Es lo más difícil que he hecho, pero también lo mejor que he hecho.

 

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