Los valores (pt. 1)

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Cada ser humano nace con una serie muy precisa de información y códigos que le permiten identificar la verdad de las mentiras.  Esta serie especial también le permite discernir entre el bien y el mal.  Cuando hablamos acerca de esta información y codificación, por lo general, usamos términos tales como la moralidad, la caridad, la autenticidad, la estabilidad, la responsabilidad y un hueste de otros atributos de carácter que se entienden ser buenos y útiles para nosotros mismos; no importa donde nos encontremos, todos tenemos algo que nos atrae hacia las personas que son sinceras, no importa nuestros antecedentes, las queremos como nuestros amigos, vecinos, jefes y empleados.

Los valores son lo que motiva a la humanidad.  Los valores motivan nuestro deseo de investigar el mundo que nos rodea, de aprender más acerca de las ciencias, de experimentar la vida y desarrollar nuevos inventos que pueden contribuir y brindar ayuda.  No hay duda que todas las tecnologías con que contamos hoy en día se han realizado gracias a los valores.

Sin embargo, los valores han inspirado mucho más que la tecnología.  Han tocado a los hombres y mujeres a través de las edades y por todo el mundo a rendir contribuciones significativas para ayudar proveer la libertad, los derechos, la flexibilidad, el entretenimiento, la espiritualidad, el amor incondicional, y la oportunidad.

Los valores son algo que nos liga.  Es más grande que la cultura y el color de nuestra piel.  Los valores transciendan la ideología política, el estado socioeconómico, la etnicidad, la nacionalidad, y  el idioma.  Los valores de verdad, son parte de nuestra composición genética en nuestras neuronas; no son producidos, desarrollados ni forzados en nuestros cerebros.  Las experiencias que tenemos a lo largo de nuestras vidas continúan registrandose en los archivos en la corteza de nuestro cerebro, trayendo estos valores a la superficie.

Toda esta información nos permite poder escoger por nosotros mismos cuando estamos en una posición de hacer una elección.  Los valores nos proporcionan los instrumentos necesarios para elegir por nosotros mismos.  Ambas, las buenas y las malas decisiones crean una serie de reacciones químicas y eléctricas en el cerebro.  Esta corriente de información afecta al resto del cuerpo o positivamente o negativamente.  Además, siempre que hacemos una elección, hay un cambio físico que ocurre en el cerebro, cuando se hacen nuevas conexiones neurales.  Estas conexiones crean nuestras percepciones del mundo en el cual vivimos.  En un sentido muy real, a través de nuestras acciones y pensamientos, creamos nuestros propios mundos en los cuales vivimos.

Siempre que tomamos buenas decisiones, basadas en los valores con los cuales cada uno de nosotros es codificado, sentimos paz, seguridad, confianza, un sentido de valor, amor, calma y un deseo elevado de aprender y ser creativo.  En contraste, cuando tomamos malas decisiones que van en contra de nuestros valores codificados, sentimos conflicto interno, confusión, duda, enojo, resentimiento, inseguridad, estrés, indiferencia, hostilidad, y fatiga física y mental.  No importa nuestra edad ni el estado de nuestra salud; cada vez que tomamos una decisión buena o mala, el cerebro envía signos al resto del cuerpo que definen y dictan nuestro estado de humor y emoción.

Las decisiones que tomamos definen nuestros valores y prioridades.  La combinación de nuestros valores y prioridades son las materias que constituyen nuestra personalidad y nuestro carácter.  Si nuestros valores no son balanceados, podemos sufrir de conflictos personales profundos que afectan nuestra habilidad de desarrollarnos y crecer, incluso cómo vemos el mundo, cómo percibimos a los demás, y cómo interpretamos lo que oímos y vemos.  Esto precipita una falta de equilibrio y comenzamos a ver y a tratar las cosas en una manera disparatada e irrealista.  Esta inhabilidad de ver las cosas por completo  tal y cómo son, es condenatorio a nuestro progreso.  En vez de crecer y aprender, terminamos sintiéndonos como víctimas.  Comenzamos a adquirir características que nos llevan a ser controladores e innecesariamente dominantes.  Negamos la realidad de cómo sentimos y comenzamos a sospechar de todos.  Perdemos nuestro afecto natural hacia los demás y llegamos a ser celosos, desconfiados, y aun odiosos hacia aquellos que ni siquiera conocemos bien.

Estas emociones y sentimientos negativos no son nada más que un mecanismo de defensa.  Desafortunadamente, es un mecanismo que no funciona y no nos provee con la salud física ni mental.  Por cierto, este mecanismo termina haciendo lo contrario.  Cuando nos desilusionamos, vienen legítimas consecuencias dañinas que van más allá de nuestras relaciones con los demás; específicamente con los sistemas inmunológico, digestivo y endocrino.  Las glándulas importantes tales como la glándula pineal se dañan.  El cerebro también empieza a producir la cantidad incorrecta de neurotransmisores, resultando en un desbalance de comunicación dentro del cuerpo.  Emocionalmente, comenzamos a ver las manifestaciones del estrés crónico, en forma del perfeccionismo, la hiperactividad, la ansiedad, la preocupación constante o la inhabilidad de decir no.

Las malas decisiones tienen la habilidad de llegar a ser hábitos automáticos que se nos hacen difíciles observar o reconocer individualmente.  Toda mala decisión causa algún nivel de dolor o agonía.  Cuando sentimos esto, siempre hay dos decisiones que tomar.  Podemos reconciliar la decisión que hemos tomado, o podemos esconder nuestra decisión y problema.  La segunda elección siempre parece ser la más fácil.  No obstante, siempre termina siendo la más difícil, porque aun cuando lo intentemos, jamás podremos escondernos de nosotros mismos.

El escondernos de nosotros mismos requiere mucho trabajo, incluyendo la decepción.  También requiere que fabriquemos nuestras experiencias y sentimientos, creando pensamientos irrealistas.  Esta fabricación es necesaria cada vez que alguien quiere esconderse de sí mismo, porque la parte límbica del cerebro necesita recibir información para justificar nuestras decisiones.  Verdaderamente, es interesante cómo podemos proveer a nuestro cerebro con ideas fantásticas y engañosas mientras intentamos inventar suficiente evidencia para remover la verdad que nuestro cerebro ya ha captado.  Muchas veces, involucramos a otros como parte del proceso para validar nuestra perspectiva inocente de nosotros mismos.  A menudo terminamos sacrificándoles cuando hablamos mal y esparcimos rumores acerca de ellos a los amigos, colegas, familiares y vecinos en un esfuerzo de validar nuestra “nueva verdad”.  La auto-justificación siempre exige recibir el reforzamiento de otros con el fin de sentirnos bien en cuanto a nosotros mismos.

La parte triste del proceso de la justificación es que a menudo pervertimos nuestros valores genéticamente codificados, usándolos para defender nuestro caso en nuestras mentes.  Comenzamos a elevarnos encima de otros y los sentimientos de ser superiores o mucho más dignos pueden llegar a ser parte de nuestro carácter.  Comenzamos a hacer las cosas correctas por las razones incorrectas.  Sin embargo, estas mascaradas no hacen desaparecer la verdad.  Dan un alivio temporario en el momento, pero no calman nuestras mentes y almas cuando tenemos que enfrentarnos en el espejo.  Esta combinación de mascaradas es la causa de estrés crónico.

Una de mis frases célebres favoritas viene de Dieter Uchtdorf.  Hablando de la vida él dijo que, “Muy seguido actuamos como si fuésemos carros en una sala de exhibición de automóviles, un lugar de ponernos en exhibición para que otros admiren nuestra espiritualidad, capacidad o prosperidad”.   “La vida”, él dice, “es en realidad más como un centro de servicio, donde los vehículos que necesitan arreglos llegan para el mantenimiento y la rehabilitación.”

Todos necesitamos de reparación, mantenimiento y rehabilitación.  La vida está destinada a ser un lugar donde crecemos.  Muy a menudo nos perdemos en los conceptos e ideologías falsos que profesan que el éxito parece como la perfección.  Nadie ha sido perfecto en nada.  Es a través de nuestras experiencias que crecemos.  Si permitimos que el hilo común de valores humanos brille en nuestros corazones, podremos crecer y gozar de una mente saludable y vibrante.  Nuestra vida será una en la cual estarìamos felices, satisfechos y en paz.  Nuestra habilidad de progresar en nuestros empeños en el trabajo y en la casa será engrandecida y magnificada.

La única solución verdadera es no escondernos de nosotros mismos o de nuestros errores, sino reconciliar y sanar a nosotros mismos.  El cerebro es diseñado a participar en este proceso aun cuando hagamos elecciones equivocadas.  En el momento que decidimos reconciliar de verdad, una decisión mala que hemos hecho, el cerebro registra los pensamientos de reconciliación y busca acceso a las codificaciones e información de los valores humanos.  Esta es la función que lo hace posible crecer y restaurar la felicidad en nuestras vidas.

One thought on “Los valores (pt. 1)

  1. Gracias Dr.Que Bien me ciento mientras leo esta valiosa informacion.Pero se que sera mejor cuando la empiese a poner en accion.Dios le benga siempre con esa Sabiduria q Tiene y la comparte

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